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LA ROCA

RULETA URBANA
La roca

Nueva Zelanda, Julio 2008: Saqué la laptop y literalmente sacudí la mochila de cabeza para que saliera el CD que estaba buscando, sin éxito hice lo mismo con mi bolsa, abrí todos los cajones, aventé cosas, busque desesperada en las bolsas de la chamarra la cual terminó en el piso junto con todo lo demás ¡demonios!, ¿dónde lo dejé?, ¿porqué en mi código genético no incluyo el orden en mi cerebro?
Bajo el pretexto de “tengo orden en mi desorden” y reconociendo la muy limitada posibilidad de que mi coeficiente intelectual llegue a “genio” (por aquello que cuentan de que los genios siempre son desordenados) he de aceptar que soy un ser sumamente caótico. El orden nunca ha sido una de mis virtudes, nunca de los nunca, lo he intentado más de las veces que he intentado dejar este vicio por las barras de chocolate y miren que han sido bastantes los intentos.
Hoy he sido descubierta en lo que mi madre llamaría “nido de ratas”. Andrew llego a recogerme para ir a subir un cerro (hazaña de la que he estado huyendo por semanas), este domingo no me pude escapar. Se me acabaron los pretextos. Cuando tocó la puerta de la casa le grité desde mi cuarto “pasa; está abierto” tras acabarme de vestir intentaba rápidamente secarme el cabello y ponerme un poco de maquillaje, dibujarme el rostro antes de pegarle un susto al ingrato. Vi por el espejo que Andrew estaba parado justo a la entrada de mi recámara, observando detenidamente mi “pizarrón de los deseos” (recortes y frases de todo lo que quiero lograr). –“¡diantres!” pensé-, después de ver eso, este tipo ya se enteró de mis más resguardados secretos. Todo está en ese pizarrón, -no sé qué tan cómoda me siento al saber que está leyendo las frases de- “¡auch!” -demonios ya se empezó a reír. Me lo temía.
Diablos, diablos, diablos, mi brassier está sobre el buró, mi ropa sucia esta casi desbordándose del bote, en medio del cuarto esta mi mochila patas pa’ arriba, el portafolio y mi bolsa, para acabarla de fregar nunca encontré el CD que produjo este desmadre. Mi cuarto realmente luce como campo de batalla y la toalla con la que me sequé esta mojando mi cama, ¡ah!, sin tender por cierto.
Tras sacar a Andrew de mi cuarto sufriendo una infernal carrilla por el desorden que me cargo, dejamos el territorio minado y fuimos a recoger a Naomi. El día era hermoso, el sol por fin se dignó a saludarnos después de dos semanas de constantes lluvias. Pasamos verdes parajes repletos de ovejas blancas. Mientras íbamos en el auto, subí un sin fin de montañas. Después de casi media hora llegamos a nuestro destino, una enorme formación rocosa, salimos del auto y comenzamos a caminar sobre la roca, estábamos en un lugar tan alto que las nubes pasaban entre nosotros. Frente a mí, vi como una montaña vecina se interponía en el camino de una nube, a la cual, no importándole el obstáculo, comenzó a desbordar sobre la montaña de la misma forma en que el agua cae de una cascada. Un poco más allá podía ver el mar turquesa y aquella isla cubierta de césped verde que contrasta con el mar. La ciudad estaba a nuestros pies, el viento frió calaba hasta los huesos ahora que nuestro amigo sol se distraía pintando las nubes en tonos rosas, rojos y amarillos, tras las nubes note que había algo blanco, eran las montañas del otro lado de la ciudad con la cima cubierta de nieve.
El espectáculo fue interrumpido por el grito de Naomi preguntando: “dónde estaba”. Fue en ese momento que mi pie resbalo y terminé con una rodilla sobre una de las rocas y otra en el aire, con manos y brazos empuje mi cuerpo hacia arriba y ahí vi hacia abajo. Nunca había sentido miedo a las alturas, pero en ese momento descubrí lo que son las fobias, lo que es el pánico. Me aferré a la roca, mis amigos seguían caminando hacia un punto más alto y me gritaban para que los alcanzara, yo intentaba no voltear para abajo y auto convencerme de que todo estaba bien. Tomé aire, me comencé a levantar y a medio trayecto decidí volver a sentarme, tomé de nuevo aire y me dije a mi misma, “por el amor de Dios Laura: de cuando acá le tienes miedo a las alturas, ánimo mujer” me volví a sentar sobre la roca, finalmente comencé a caminar y a seguir escalando, consumida por el miedo mi trayecto se convirtió en más pena que placer. Finalmente, llegue a la última roca, Andrew y Naomi ya estaban arriba, puse un pie sobre un pequeño escalón que se formaba en la roca, coloqué cuidadosamente una de mis manos en una rendija y empujé mi cuerpo hacia arriba mientras buscaba algún punto donde sostener el otro pie. Finalmente estaba en la cima, mis amigos siguieron a una roca más lejana, yo me senté ahí a ver el atardecer, a hablar con mi corazón y decirle que seguíamos siendo uno, a agradecer al creador la oportunidad de ver ese espectáculo y de poder vencer mis miedos. Viendo hacia abajo, desde la cima de la montaña pude entender lo que llaman libre albedrío. Observando las luces que comenzaban a iluminar la ciudad vi como el desorden que a veces toma posesión de nuestras vidas es un mal necesario que se entiende al pasar de los años, al ver como los puntos del dibujo se van uniendo por la línea del destino formando ese hermoso paisaje que es la vía sobre la que caminamos.
P.D. El cómo baje el cerro... bueno esa es otra historia.
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August 6, 2008 | 12:08 PM Comments  0 comments

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